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El barco de Teseo

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23/11/2018 05:57
Estos mal nacidos duendes han hecho una travesura imperdonable. Borraron parte del final del relato. Acá les coloco el verdadero final. Pido las disculpas del caso y activo los tramperos para atrapar a los pequeños delincuentes:

-Realmente tenemos muchas cosas de qué hablar-, agregó Renato, quien tomó con fuerza desmedida del brazo a Braulio y lo invitó a su casa, para ofrecerle una solución a su ceguera. En ese momento jugueteaba con su otra mano, que tenía metida en el bolsillo de su pantalón, con una tarjeta de visita en la que se leía Dr. Walter von Heinrich, médico cirujano, trasplantes.

Por su parte Braulio, al ser cogido del brazo por Renato, advirtió que éste ya no usaba silla de ruedas.

Fin.

22/11/2018 09:43
Buena observación, estimado Arad, y acaban naufragando en La balsa de la Medusa, con su "trajes" hechos jirones y devorados por sus propias miserias. Precioso cuadro : )
.
22/11/2018 06:10
Y bastante adecuado, aunque hay quien no repara el barco , sino que cambia de cascarón según sople el viento ;hoy me subo en un ferry, mañana en una barcaza y al siguiente día me subo en el Queen Mary
22/11/2018 05:14
Precioso relato :-)
22/11/2018 00:24
Y por qué....«el barco de Teseo»?
21/11/2018 07:24

Título : El barco de Teseo

Dos amigos que hacía años no se juntaban se encuentran una tarde en la calle y entablan una nostálgica conversación sobre sus vidas y penurias. Nada sabían de lo que había hecho el otro durante ese período de separación.

Braulio, ciego de nacimiento, era acompañado de su lazarillo, un labrador café claro, color que él había inventado cuando le dijeron por primera vez que ese era el color del pelaje del perro.

Renato, ahora, estaba completamente sano, cosa que el ciego desconocía y que él no se atrevía a contarle. Gracias a los avances de la medicina moderna, superó una invasiva enfermedad degenerativa que lo había esclavizado por muchos años a una silla de ruedas.

-Qué bueno que nos hayamos encontrado nuevamente-, comentó Braulio.

Renato, guardó silencio. Luego de un momento culpó a su propia mejoría del estado total de ceguera en el que aún se hallaba su amigo. "Debe ser terrible", pensó, mientras acariciaba el pelamen del labrador que, tímido, se acercó a él para olerle sus pantalones.

-Sí, es verdad, tenemos muchas cosas de qué hablar, dijo luego para salir del paso, pero sin ganas de contar nada.

-¿Cómo están tus dolencias? preguntó el ciego.

-Ya no son las mismas-, respondió Renato, rápido.

-¿Cómo es eso?-, volvió a preguntar extrañado Braulio, notando una diferencia en el color de la voz de su amigo, hecho que estimó, en principio, se debía a la larga ausencia de ese timbre en sus agudos oídos.

-Me falla la memoria ... pasan cosas raras en mi mente-, respondió, preocupado.

-¡Ah...! Deben ser sólo cosas menores. No le tomes asunto, acepta tu destino. Hazlo como yo, con hidalguía y resignación. Es la única forma de salir adelante. Yo he asumido mi situación. No me dejaré doblegar... ¡Nunca! He sacado de mi cabeza todo pensamiento dañino.

Digo "bueno, será de Dios" y luego levanto mi cerviz, pongo mi frente en contra del viento y camino, camino mucho, sin mirar, sin escuchar, sin obedecer...

-No te aflijas, no es nada. Ya te dije, mis preocupaciones ahora son otras... Tengo problemas de personalidad. De repente pienso que soy otro y súmale a ello que hay ocasiones en que no reconozco lugares ni personas; y otras, que recorro sectores que nunca había visitado y me parecen tan familiares y saludo a gente que nunca he visto. Incluso para probar no sé qué, a veces cierro mis ojos y me pongo a adivinar formas, números y nombres de calles y para sorpresa mía les apunto a todas... Algo muy extraño me está pasando... ¡Ah! y esta cicatriz (en forma instintiva Renato apunta con un dedo su cuello, para graficar el lugar de la cicatriz, olvidando la ceguera de Braulio), apareció de un día para otro.

-¿Una cicatriz? A ver, déjame tocarla...

Y Braulio recorrió con la yema de sus dedos una delgada línea que circundaba todo el cuello de su amigo...

-¡Mmm ... Es muy fina!, exclamó, sorprendido.

-¿Y cómo llegó allí?, preguntó, ahora con una nueva sospecha, porque al recorrer con sus manos el cuello de Renato, notó inmediatamente ciertas diferencias, que lo hicieron dudar de si la persona que tenía en frente era realmente quien decía ser. Acto seguido, quiso tocar su cara, pero Renato esquivó sus manos rápidamente, malhumorado, a la vez que respondió: "No lo sé. No recuerdo nada. Apareció de un día para otro..."-

Esas dudas y las extrañas reacciones de Renato inquietaron más a Braulio quien le formuló una serie de preguntas para ver si aclaraba algo.

El segundo nombre de la madre de su amigo no lo recordó; si se acordó de Blondy, ese pastor alemán, muy querido por él, y que fuera el primer lazarillo de Braulio. El nombre de una calle en donde residieron durante unas vacaciones, tampoco alcanzó su memoria, pero sí a cierto visitante de ese mismo sector con el cual decía haber disputado reñidas partidas de ajedrez. Con esta respuesta fue Braulio el sorprendido porque sabía perfectamente que Renato nunca jugó ajedrez. A veces respondía incoherencias cuando era consultado por Braulio sobre sus gustos musicales o sus autores preferidos. Acertó en Hitler, en Himmler y en Goebbels, cosa rara porque nunca había leído nada de esos personajes ni de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo se equivocó con Epicuro, filósofo que Braulio conocía, porque de él, Renato había consumido numerosos libros. Le apuntó con Messi y con Fischer. Las preguntas iban y venían y las respuestas eran acertadas y falladas, en diferentes porcentajes, dejando a Braulio con las mismas o mayores dudas, porque había preguntas demasiado fáciles que Renato fallaba irremediablemente. A estos vacíos se sumaron las negativas de Renato a ser auscultada su cara por el fino tacto de Braulio, y, a ese olor no familiar que expelía su cuerpo y sus ropas.

-Usted me está engañando, no lo reconozco como Renato, se atrevió a decir en un momento Braulio.

-Estas en un error, amigo mío, y comprendo tus dudas. La verdad es que soy otra persona desde la operación, pero sigo siendo yo mismo.

-¿Operación?

-Sí, es que he aprovechado los avances de la medicina y me sometí a una intervención quirúrgica extrema.

-Ahora comprendo... tu voz, tu olor y tus olvidos...

-Sí.

-¿La cicatriz?

-Sí, la operación me ha hecho perder la cabeza... y no sé si soy cuerpo viejo con cabeza nueva, o cuerpo nuevo con cabeza vieja...

-Realmente tenemos muchas cosas de qué hablar-, dijo Braulio, y tomando a su amigo de un brazo, lo invitó a su casa.

Y cuando caminaban, se dio cuenta también que Renato ya no usaba silla de ruedas.

Fin.

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