Europa Luna de Jupiter
Vista con un telescopio, Europa es apenas un puntito de luz casi pegado al brillante disco de Júpiter. Y lo mismo ocurre con las otras tres grandes lunas jovianas descubiertas por Galileo hace casi cuatrocientos años. Por eso, hasta hace apenas unas décadas, no era mucho lo que se sabía sobre este satélite: su diámetro (unos 3200 km, algo más chico que nuestra Luna), su período orbital en torno a Júpiter (3 días y medio), su distancia al planeta (casi 700 mil km) y unas pocas cosas más. Una de ellas, bastante curiosa: el análisis espectroscópico de su luz sugería que Europa estaba cubierta por hielo de agua. Pero a fines de los 70´s, las legendarias sondas espaciales Voyager I y II llegaron a Júpiter y se cansaron de estudiarlo y fotografiarlo. Y obtuvieron espectaculares primeros planos de sus principales lunas, entre ellas, claro, Europa. Aquellas históricas e inolvidables imágenes de las Voyager dejaron boquiabiertos a los científicos de la NASA: la luna joviana estaba, efectivamente, envuelta en una coraza de hielo. Una coraza atravesada, de tanto en tanto, por fisuras y rajaduras de cientos de kilómetros de largo, enormes cicatrices que parecían formar una red alocada. Y también, terrenos superpuestos y de distintas alturas. Pero muy pocos cráteres, al menos en comparación con otras lunas del Sistema Solar. Geológicamente hablando, la superficie de Europa parecía ser muy joven, y también muy dinámica, porque mostraba claros signos de renovación permanente. Y tratándose de hielo de agua, ese no era un detalle menor.
En 1995, la Galileo, otra nave norteamericana, retomó la posta de las Voyager. Pero no siguió de largo, sino que se instaló en el sistema de Júpiter. Y desde entonces ha sobrevolado una y otra vez al enorme planeta gaseoso y a sus cuatro escoltas de lujo: Io, Calisto, Ganímedes y, por supuesto, Europa. Durante estos años, la Galileo tuvo varios encuentros cercanos con Europa, llegando, incluso, a pasar apenas a unos cientos de kilómetros por encima de su manto de hielo. La nitidez de sus fotografías fue contundente y aportó nuevas y sugestivas pistas que aún hoy siguen dando que hablar.
Evidentemente, Europa muestra un rostro lastimado, pero joven y cambiante. Incluso, se han llegado a detectar capas de hielo de distintas edades y evidencias de criovulcanismo, chimeneas heladas que alguna vez escupieron chorros de hielo hacia la superficie. Y quizás ahora, también. Por eso, ante semejante panorama, los astrónomos y geólogos planetarios no se sorprendieron ante la relativa pobreza de cráteres de Europa: las marcas de aquellos tremendos impactos de asteroides y cometas, típicos de la infancia del Sistema Solar, han sido “borrados” por la continua actividad geológica del satélite joviano. Y los que quedan, son los más recientes. En definitiva: una superficie de hielo de agua que se que se renueva una y otra vez con más hielo de agua. Y que incluso, “resbala”, tal como se ha comprobado recientemente. Por todo esto, los científicos están casi convencidos que debajo de esa corteza (de varios kilómetros de espesor) existe un enorme reservorio de hielo semifundido. Y más abajo, un gigantesco océano de agua líquida. A excepción de la Tierra, se trata de algo único en todo el Sistema Solar.
Por fuera, y tal como lo han comprobado las Voyager y la Galileo, Europa es extremadamente fría. Allí, cinco veces más lejos del Sol que la Tierra, la temperatura es de 180 grados bajo cero. Pero por dentro, las cosas son muy distintas. Y esto se debe a las tremendas mareas que sufre a causa de su interacción gravitacional con el colosal Júpiter, un “tira y afloja” que la estira y la contrae, una y otra vez, a medida que gira alrededor del planeta. Y a eso hay que sumarle la atracción de sus principales compañeras Io, Calisto y Ganímedes. Como resultado, el núcleo de Europa es un pequeño infierno. Y ese calor puede derretir sin problemas las capas de hielo más profundas, dando lugar al vasto océano de agua líquida, que según algunas estimaciones, tendría cientos de kilómetros de profundidad. Y que en sus partes más cercanas al núcleo, sería tibio. Si esta historia terminaría aquí, nadie podría negar que Europa es uno de los lugares más interesantes del Sistema Solar. Sin embargo, hay otros indicios, recientes y no tanto, que alimentan una especulación aún más sorprendente que la existencia de un gran océano de agua líquida. Indicios que, sumados a la abundante presencia de agua líquida, hacen razonable la hipótesis de la vida en Europa.