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Inmaculada Concepción de María. Hoy 8 de diciembre es el aniversario para recordar esta memorable fecha en el mundo cristiano.

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17/03/2012 00:48

Vete con tu jefe "el diablo", majadero...

17/03/2012 00:08

"Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús y los hermanos de él." (Hechos, 1-14)

Esta frase viene confirmada en el Evangelio de San Mateo:

"¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Jacobo y José y Simón y Judas?" (Mateo, 13:55)

Estos dos párrafos nos llevan a estudiar uno de los temas más increíblemente mitológicos del cristianismo, elevado a dogma de fe por la Iglesia:

 

la Virginidad de María

Lo primero que debemos tener en cuenta es que no hay, en todo el nuevo Testamento una sola referencia o alusión a la presunta virginidad de María. Bien al contrario, Mateo le llama hijo del carpintero, loque contradice seriamente la posibilidad de una intervención del Espíritu Santo en las relaciones conyugales de José y María, y, por si ello fuera poco, relaciona incluso los nombres de sus hermanos. En realidad, la primera noticia histórica, es decir, documental, en la que se habla de la virginidad de María es en la "Epístola a los efesios", pero no en la de San Pablo, sino en una apócrifa que data del siglo II. En ella se dice:

"El príncipe del mundo (Satanás), no ha conocido la Virginidad de María, su parto y la muerte del Señor, tres misterios que fueron cumplidos en el silencio de la sabiduría divina." (Ouvrages des saints Peres qui ont vacú au temps des apótres, pág. 423)

Antes, Lucas y Mateo habían hecho unas referencias que posteriormente quedarían tergiversadas, distorsionadas para que, aparentemente, sirvieran de base al dogma virginal. Dice Mateo:

"Que siendo María su madre (de Jesús) desposada de José, antes que se juntasen, se halló haber concebido por obra del Espíritu Santo." (Mateo, I: 18.)

El asunto, a mi juicio, está claro: María quedó embarazada antes de casarse, por lo que más adelante, cuando se creó el mito de Jesús, fue necesario dar a esta situación una explicación, sino convincente para los espíritus críticos, sí necesaria para los que mantenían el cerebro anegado de fe y, por tanto, paralizado ante los temas sacros. Autores diversos han querido ver en esta frase el argumento necesario para mantener la tesis de que María había mantenido relaciones ilícitas con un varón, soldado de los ejércitos romanos por más señas. La imposible demostración de semejante teoría, hace que la dejemos de lado, para seguir centrándonos en el problema de la virginidad. Lucas habla de una virgen desposada con un varón (1:26) a la que un "ángel del Señor" le anuncia su próxima concepción. El calificativo de "virgen" no debe significar que ella se mantuviera en ese estado, sino que lo fue en el momento de casarse. ¿Por qué, pues, aseverarlo en un momento en el que no era importante ni necesario hacerlo? Simplemente, porque era una forma de afirmar que María había cumplido todos los requisitos de la tradición judía a la hora de concebir.
En efecto, si la virginidad no fue jamás tenida en cuenta entre los hebreos, que consideraban un mandato divino reproducirse cuanto más mejor, sí lo era a la hora de desposarse. El hebreo medio no censuraba a los solteros que mantenían relaciones sexuales, pero como buenos machistas que eran, exigían la virginidad al casarse. Una ley otorgaba al marido el poder repudiar a su esposa si, durante la noche de bodas, no podía comprobar su virginidad. Por ello, y tal vez debido a los abusos de ciertos desaprensivos, era requisito obligado que los padres de la doncella entrasen en la habitación nupcial antes que el marido, desvirgasen a la hija y mostrasen un paño tinto en sangre al esposo...como prueba de que la mujer no había conocido varón. La virginidad, pues, no se tenía en cuenta entre solteras, pero estaba muy bien vista a la hora de casarse. Seguramente por esos, Lucas señala, muy de pasada por cierto, el antiguo estado de María. Lo que queda inequívocamente claro, es que de la interpretación de cada uno de los textos se extraen conclusiones contradictorias. Pero no se alarme el lector: si se molesta en leer los cuatro Evangelios, encontrará todas cuantas guste. ..
Por otro lado, queda la segunda parte de la cuestión. Aceptemos que María era virgen; y que continuó siéndolo después del parto. Entonces, ¿qué explicación puede darse a la presencia de los cuatro hermanos de Jesús, brillantemente enumerados en el versículo que ya he transcrito?
Algunos autores se han empeñado en interpretar la palabra "hermanos" y convertirla en "primos" o, más genéricamente, "parientes". Yo, desde lo más profundo de mi escepticismo, me pregunto: ¿por qué? ¿En qué se basan para tergiversar de tal forma algo que está tan claramente escrito ? Aceptaría esa solución si en el Nuevo Testamento no se utilizaran las dos expresiones familiares reseñadas; pero ya en los primeros versículos del evangelio de Lucas (1: 36) se utiliza el vocablo "parienta " al referirse el ángel que anuncia la concepción de María, a Isabel, madre del Bautista. Entonces, ¿por qué alterar el significado .de las palabras? La explicación es sencilla: cuando se redactó este Evangelio, nadie pensaba en ulteriores problemas con respecto a algo tan trivial como la virginiqad. y se dijeron algunas cosas, no todas como veremos, de forma clara y tajante. Luego, al tener que acoplar los viejos textos a las nuevas necesidades dogmá ticas, no hubo más remedio que distorsionar y, en ocasiones, "interpretar" frases de clarísimo sognificado. Esto es todo.

Destrozado el dogma de la Virginidad de María, se inicia como hemos visto, la obra presuntamente escrita por Lucas.

Dr. Frederick L. Beynon (de su obra La Verdadera Historia de Jesús el Galileo)

17/03/2012 00:05

La granja estaba cubierta en su interior por lienzos negros. El altar allí levantado también era negro. Una gran cruz blanca, con los brazos invertidos, se alzaba sobre un tabernáculo de plata.

El abate Guibourg entró cubierto con un amplio manto negro y una capucha que ocultaba su rostro. Empujó la puerta y avanzó seguido de Mme. de Montespán, que llevaba puesto un antifaz.

De una maleta que llevaba consigo, el abate sacó unos cirios negros, de forma serpenteante, que decía habían sido hechos con la grasa de los ahorcados, que le proporcionaba el verdugo de París. Luego sacó unas hostias negras y las puso en un cáliz.

Terminadas estas operaciones, Guibourg se despojó de su manto y apareció vestido con los hábitos de aquel culto que iba a profanar una vez más. La de Montespán le observaba en silencio, mirando de vez en cuando a la puerta de la cabaña, con marcada impaciencia. Al fin entró la joven a quien estaba esperando, la cual llevaba en brazos una toquilla con una criatura. Era Mademoiselle des Oeillets.

Siento haberme retrasado - les dijo- pero hasta hace muy poco no conseguí el crío. Tiene sólo dos meses y hace una semana que fue bautizado.

Está bien - dijo Guibourg-. Colóquese al lado del altar y espere.

Al mismo tiempo, Mme de Montespán se quitó el manto de terciopelo que conservaba puesto. Desanudó el cinturón dorado que ceñía al talle los velos blancos y casi transparentes con que iba vestida y bajo los cuales estaba completamente desnuda. Después, se despojó de aquellos velos.

Sin pronunciar palabra, Mme. de Montespán avanzó hacia el altar se tendió sobre éste en la forma ritu

Con mano experta, el renegado le quitó las peinetas que sejetaban los cabellos de la Montespán, cayendo éstos en cascada por encima de los lienzos negros hasta rozar el suelo. Despues, entre los opulentos senos, temblorosos por una anhelada voluptuosidad, Guiborug colocó la copa de plata y sobre el vientre, precisamente sobre el pubis, puso un crucifijo.

Guibourg se arrodilló con las manos juntas, cerca del cuerpo desnudo y, durante algunos minutos, imploró en silencio la ayuda de las potencias infernales.

Con mano experta, el renegado le quitó las peinetas que sejetaban los cabellos de la Montespán, cayendo éstos en cascada por encima de los lienzos negros hasta rozar el suelo. Despues, entre los opulentos senos, temblorosos por una anhelada voluptuosidad, Guiborug colocó la copa de plata y sobre el vientre, precisamente sobre el pubis, puso un crucifijo.

Guibourg se arrodilló con las manos juntas, cerca del cuerpo desnudo y, durante algunos minutos, imploró en silencio la ayuda de las potencias infernales.

Cuando el cura se levantó, tomó en sus manos una de las hostias negras, sosteniéndola entre el pulgar y el índice de su mano derecha. La alzó luego a la temblante luz de los negros cirios mientras su mano izquierda acariciaba los senos de la Montespán, de cuya garganta se escapaban algunos gemidos de voluptuosa impaciencia.

La mayor de las profanaciones la realizó entonces el renegado utilizando el sexo de la Montespán como receptáculo de la hostia negra. Acto seguido se arrodilló entre la spiernas colgantes, que se cerraron aprisonando su cabeza.

La Montespán gimió con fuerza. Como un arco de carne palpitante, su cuerpo se tendió y ya su cintura no rozó siquiera el altar profano. Esto hizo que basculara la copa de plata y cayera al suelo el crucifijo, mientras ella increpaba al renegado, pidiéndole a gritos que se apresurara.

Guibourg se puso de pie y, levantandose los hábitos, se abalanzó sobre el cuerpo de la cortesana que se estremeció bajo su ataque. Después, una vez hubo satisfecho la lubricidad de la cortesana, Guibourg volvió a reponer en su sitio la copa y la cruz, aunque el cuerpo de la Montespán se estremecía por el placer recibido y, con los brazos alzados, el renegado gritó con voz demencial:

¡Astaroth! ¡Asmodeo! ¡Satán!...¡Dueños de los Infiernos! ¡Yo os conjuro fervientemente para que aceptéis el sacrificio de este niño que os ofrezco...!

Mmoiselle des Oillets ya sabía lo que debía hacer y tendió hacia aquel hombre el cuerpecito del niño que lloraba con desespero: Guibourg se armó de un largo y afilado cuchillo y gritó:

¡Oh, Astaroth! ¡Oh, Asmodeo! ¡Oh, Satán! ¡ Yo solicito de vuestra gracia y de vuestros poderes la muerte para Mademoiselle de Lavallière, y que la Condesa de Roma, por la cual se ofrece desnuda esta mujer, entre en gracia en la Corte!

Lentamente, el cuchillo descendió hacia el cuello del bebé sostenido por Mmoiselle des Oillets, en el que se hundió salpicando de sangre el cuerpo de la Montespán y la estola del innoble sacerdote, el cual llenó luego la copa de plata.

Guibourg arrojó al suelo el pequeño cadáver y, metiendo sus manos en la sangre, se puso a bañar el vientre y el seco de la Montespán, antes de alzar su casulla y repetir aquel acto consigo mismo.

El acto terminó con una serie de oraciones invertidas, blasfematorias y obscenas, después de lo cual los tres personajes se entregaron a toda clase de contactos carnales, llegando a los más depravados.

En estos años en París eran muy frecuentes estas Misas Negras, aunque habría que llamarlas mejor Misas Sangrientas, por ejemplo Laoignon, vicario de Saint-Eustache, sería condenado a muerte, por haber descuartizado el cuerpo de un niño, oficiando sobre una muchacha de catorce años a la que después violó salvajemente. Parece que a la Aristocracia de la época le sedujo el ejemplo de la Montespán, así las marquesas de Angulema, de Bouillan, de Saint-Pont, de Luxemburgo y de Vendôme, ordenaron que se celebraran Misas Negras sobre su vientre.

Los niños eran comprados a las prostitutas de París, para ser luego entregados a los sacerdotes renegados, y para hacerse una idea de lo numerosas que llegaron a ser estas ceremonias, en obras de investigación de la época calculan en dos mil los niños degollados en ofrenda al Diablo.

17/03/2012 00:02
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16/03/2012 23:39

 

"Dos hombres subieron al Templo a orar"

Estos dos hombres subieron al Templo. El Templo, es el más profundo interior del alma, en el cual la Trinidad santa vive gozosamente, obra tan noble, donde depositó generosamente todo su tesoro, donde tiene su complacencia y su felicidad, gozando de su noble imagen y semejanza (Gn 1,26). Nadie puede suprimir la nobleza y la alta dignidad de este templo; es allí dónde se debe entrar para orar. Y para que la oración este bien hecha deben haber allí dos hombres que suben..., el hombre exterior y el hombre interior.
La oración que hace el hombre exterior sin el hombre interior no sirve de gran cosa, incluso de nada en absoluto. Para avanzar realmente en el camino de la oración verdadera y bien hecha, no hay nada más seguro, más grande y más útil que el precioso Cuerpo Eucarístico de Nuestro Señor Jesucristo... Queridos hijos, debéis estar extraordinariamente agradecidos, porque esta gracia se os concede con más frecuencia que antes y debéis usarla más que otros auxilios...
Uno de los dos hombres era Fariseo, y el Evangelio nos dice lo que hizo. El otro era un publicano, se quedó alejado, no se atrevía a levantar los ojos hacia el cielo y decía: "Señor, ten piedad de mí, pobre pecador"; para éste su oración acabó satisfactoriamente. En verdad, yo querría actuar como lo hizo el publicano y considerar continuamente mi nada. Este será el camino más noble y más útil que se pueda seguir. Este camino lleva siempre y sin intermediario al hombre hacia Dios, porque dónde Dios viene con su misericordia, viene con todo su ser, es él mismo el que viene.
Entonces, ocurre que los mismos sentimientos de este publicano se apoderan del corazón de ciertas personas, que conscientes de sus pecados, se alejan de Dios y el Santísimo Sacramento, diciendo que no son dignos de acercarse. No, queridos hijos, por el contrario, debéis acudir voluntariamente con más frecuencia a la comunión, con el fin de ser perdonados de vuestras faltas y decir: "Ven, Señor, ven aprisa, antes de que mi alma perezca en el pecado; es necesario que vengas pronto, antes de que perezca completamente" (cf Jn 4,49).

16/03/2012 02:57

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón

Los grandes de la tierra se vanaglorian de poseer reinos y riquezas. Jesucristo encuentra toda su felicidad en reinar sobre nuestros corazones; es el reino que ansia y que decidió conquistar por su muerte en la cruz: "Lleva a hombros el principado" (Is 9,5). Por estas palabras, varios intérpretes... entienden la cruz que nuestro divino Redentor llevó sobre sus hombros.
"Este Rey del cielo, dice Cornelio a Lapide, es un maestro muy diferente del demonio: éste carga pesados fardos en los hombros de sus esclavos. Jesús, al contrario, toma sobre sí todo el peso de su reino; abraza la cruz y quiere morir en ella para reinar sobre nuestros corazones". Y Tertuliano dice que mientras los monarcas de la tierra "llevan el cetro en la mano y la corona sobre la cabeza como emblemas de su poder, Jesucristo llevó la cruz sobre sus hombros. Y la cruz fue el trono dónde subió, para fundar su reinado de amor»...
Apresurémonos pues a consagrarle todo el amor de nuestro corazón a este Dios que, para obtenerlo, sacrificó su sangre, su vida, a él mismo. "Si supieras el don de Dios, decía Jesús a la Samaritana, y quién es el que te dice: ' Dame de beber ' " (
Jn 4,10). Es decir: si supieras la grandeza de la gracia que recibes de Dios... ¡Oh, si el alma comprendiera qué gracia tan extraordinaria le hace Dios cuando reclama su amor en estos términos: "Amarás al Señor tu Dios".
¿Quién al escuchar a su príncipe decirle: "Ámame", no quedaría cautivado por esta invitación? Y Dios ¿no conseguiría ganar nuestro corazón, aunque nos lo pida con tanta bondad: "Hijo mío, dame tu corazón?» (
Pr 23,26) Pero este corazón, Dios no lo quiere a medias; lo quiere entero, sin reserva; este es su mandamiento: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón".

14/03/2012 23:21

El dedo de Dios

«Que tu mano salvadora me ayude porque he elegido tus decretos.» (cf Sal 118,173) El Hijo único del Padre es llamado mano de Dios porque por él todo fue hecho. Esta mano actuó en la encarnación, no sólo dejando a su madre sin herida alguna, sino, según el testimonio de los profetas, asumiendo nuestras enfermedades y cargando con nuestros sufrimientos. (cf Is. 53,4)
Ciertamente, esta mano, llena de remedios diversos, ha curado toda enfermedad. Ha alejado todas las causas de la muerte; ha resucitado a los muertos; ha derrocado las puertas del infierno; ha encadenado al fuerte y lo ha desarmado; ha abierto los cielos; ha derramado el Espíritu de amor en les corazones de los suyos. Esta mano libera a los presos y devuelve la luz a los ciegos; levanta a los caídos; ama a los justos y guarda a los forasteros; acoge al huérfano y a la viuda. Saca de la tentación a los que están a punto de caer; reconforta a los que sufren; devuelve la alegría a los afligidos; abriga bajo su sombra a los pobres; escribe para los que quieren meditar su ley; toca y bendice los corazones que oran; los robustece en el amor por su contacto; los hace progresar y perseverar en su empeño. En fin, los conduce a la patria; los lleva al Padre.
Porque se hizo carne para atraer al hombre a través de su Humanidad, para reconducir en el amor a la oveja descarriada al Padre todopoderoso e invisible. Porque la oveja perdida, por haberse alejado de Dios, había caído «en la carne», era necesario que esta mano, hecha hombre, la levante por su humanidad, para conducirla al Padre, en el Espíritu del amor
(Lc 15,4s).

14/03/2012 00:13

«No he venido a abolir la Ley sino a darle plenitud.» (cf Mt 5,17)

La gracia, antes velada en el Antiguo Testamento, ha sido revelada plenamente en el evangelio de Cristo por una disposición armoniosa de los tiempos, tal como Dios tiene por costumbre disponer armoniosamente todas las cosas... Pero, dentro de esta admirable armonía uno constata una gran diferencia entre dos épocas. En el Sinaí, el pueblo no se atrevía acercarse al lugar donde el Señor dio su Ley. En el cenáculo, el Espíritu Santo desciende sobre aquellos que se habían reunido esperando el cumplimiento de la promesa (cf Ex 19,23; Hch 2,1) Antes, el dedo de Dios había grabado sus leyes sobre tablas de piedra; ahora la ha escrito en los corazones de los hombres (2Cor 3,3) Antes, la Ley estaba escrita por fuera e inspiraba miedo a los pecadores; ahora, les es dada interiormente para justificarlos...
En efecto, como lo dice el apóstol Pablo, todo lo que está escrito en tablas de piedra: -No cometerás adulterio, no matarás, no codiciarás-, y otras cosas semejantes se resumen en el único mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» (
Lev 19,18) El amor al prójimo no hace mal a nadie. La plenitud de la Ley es el amor (Rm 13, 9-10)... Este amor ha sido «derramado en vuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.» (Rm 5,5)

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