¿Por qué tenéis estos pensamientos?
Este pasaje del Evangelio... nos muestra verdaderamente quién es Cristo y verdaderamente quién es la Iglesia..., para que comprendamos bien a qué Esposa este divino Esposo escogió y quién es el Esposo de esta Esposa santa... En esta página podemos leer su acta de matrimonio...Supiste que Cristo era el Verbo, la Palabra de Dios, unido a un alma humana y con un cuerpo humano... Aquí, los discípulos creyeron ver un espíritu; no creían que el Señor tenía un cuerpo verdadero.Pero como el Señor conocía el peligro de tales pensamientos, se apresura a arrancarlos de su corazón: "¿por qué estos pensamientos invaden vuestro corazón? Ved mis manos y mis pies; tocad y ved que un espíritu no tiene carne ni hueso como vosotros veis que yo tengo". Y tú, a estos mismos pensamientos vanos, opón con firmeza la regla de fe que recibiste...Cristo es verdaderamente el Verbo, el Hijo único igual al Padre, unido a un alma verdaderamente humana y con un cuerpo verdadero limpio de todo pecado. Este es el cuerpo que murió, este cuerpo el que resucitó, este cuerpo el que fue clavado a la cruz, este cuerpo el que fue depositado en la tumba, este cuerpo el que está sentado en los cielos.Nuestro Señor quería persuadir a sus discípulos de que lo que veían, verdaderamente eran huesos y carne... ¿Por qué quiso convencerme de esta verdad? Porque sabía, hasta qué punto es para mí un bien creerlo y cuánto tenía que perder si no creía en esto. Creed pues, también vosotros:¡Este es el Esposo!Escuchemos ahora, lo que dijo concerniente a la Esposa...: "Hacía falta que Cristo sufriera y que resucitara de entre los muertos al tercer día, y que se proclame en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén". He aquí la Esposa: la Iglesia extendida por toda la tierra, que acogió a todos los pueblos en su seno... Los apóstoles veían a Cristo y creían en la Iglesia, que no veían. Nosotros vemos la Iglesia; creamos pues en Jesucristo, que no vemos, y atándonos así a lo que vemos, alcanzaremos lo que todavía no vemos.
«Soy yo, no temáis»
- Señor, ¡cuán altas son las olas,
y qué oscura la noche!
¿No querrás iluminarla
para mi que velo solitaria?
- Mantén firme el timón,
ten confianza y quédate tranquila.
Tu barca es preciosa a mis ojos,
quiero conducirla a buen puerto.
Aguanta sin desfallecer
los ojos fijos en la brújula.
Ella ayuda a llegar al final
a través de noches y tempestades.
La aguja de la brújula de a bordo
se estremece pero se mantiene.
Ella te mostrará el cabo
a donde que quiero verte llegar.
Ten confianza y quédate tranquila:
a través de noches y tempestades
la voluntad de Dios, fiel,
te guía si tu corazón está en vela.
11
Los demás reinos e islas que habían presentado resistencia, habían sido destruidos y sometidos por los romanos.
12
«Pero, le dijeron, ellos mantienen su amistad con los que les son fieles y confían en ellos; como han sometido a reyes cercanos o lejanos, todos los que oyen hablar de ellos les temen.
13
Los que ellos apoyan y quieren que reinen, reinan, y cambian a los que quieren cambiar; su poder es considerable.
14
A pesar de eso, nadie de entre ellos se ha puesto la corona ni revestídose del manto real para adquirir gloria.
15
Instituyeron un consejo de trescientos veinte miembros que deliberan diariamente sobre los asuntos públicos para que todo esté en orden.
16
Anualmente confían a un solo hombre la autoridad y el poder sobre todo el país; todos obedecen a ese hombre y no hay entre ellos ni envidia ni celos».
17
Judas eligió entonces a Eupolemo, hijo de Juan, de la familia de Accos, y a Jasón, hijo de Eleazar, y los mandó a Roma para que hicieran con los romanos un tratado de alianza y de amistad.
18
Con eso quería romper el yugo de los griegos, pues veía que esta gente mantenía a Israel en la esclavitud.
19
Al cabo de un largo viaje, llegaron a Roma, entraron en el Senado, donde hablaron así:
20
«Judas, apellidado Macabeo, sus hermanos y el pueblo judío nos han mandado donde ustedes para firmar con ustedes un tratado de alianza y paz. Queremos que nos consideren entre sus aliados y amigos».
"Al que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida"
Dios nos da sus gracias según las necesidades que tenemos. Dios es una fuente de la cual cada uno saca agua según las necesidades que tiene. Así la persona que necesita seis cubos de agua, saca seis; el que tres, tres; un pájaro que necesita sólo un picoteado sólo picotea; un peregrino, con el hueco de su mano puede saciar su sed: lo mismo nos ocurre a nosotros con respecto a Dios.Con gran fervor, debemos permanecer fieles a la lectura de un capítulo del Nuevo Testamento y a hacer, desde el principio, los actos: de adoración, adorando la palabra de Dios y su verdad; entrar en los sentimientos con los cuales nuestro Señor los pronunció, y consentir en estas verdades; adherirse a la práctica de estas mismas verdades... Sobre todo hay que estar en guardia de leer sólo por estudio, diciendo: "Este pasaje me servirá para tal predicación", y leer exclusivamente para nuestro ascenso.No hay que desanimarse, si, habiéndolo leído muchas veces, un mes, dos meses, seis meses, no se es tocado. Pasará que una vez tendremos una pequeña luz, otro día una mayor, y todavía más grande cuando lo necesitemos. Una sola palabra es capaz de convertirnos; sólo hace falta una.
"El que cree en mi no morirá, sino que obtendrá la vida eterna"
¿Qué nos está diciendo pues la cruz de Cristo, que es en cierto sentido la última palabra de su mensaje y de su misión mesiánica? Y sin embargo ésta no es aún la última palabra del Dios de la alianza: esa palabra será pronunciada en aquella alborada, cuando las mujeres primero y los Apóstoles después, venidos al sepulcro de Cristo crucificado, verán la tumba vacía y proclamarán por vez primera: «Ha resucitado». Ellos lo repetirán a los otros y serán testigos de Cristo resucitado.No obstante, también en esta glorificación del hijo de Dios sigue estando presente la cruz, la cual —a través de todo el testimonio mesiánico del Hombre-Hijo— que sufrió en ella la muerte, habla y no cesa nunca de decir que Dios-Padre, que es absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre, ya que «tanto amó al mundo —por tanto al hombre en el mundo— que le dio a su Hijo unigénito, para que quien crea en él no muera, sino que tenga la vida eterna».Creer en el Hijo crucificado significa «ver al Padre», (Jn 14,9) significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia. En efecto, es ésta la dimensión indispensable del amor, es como su segundo nombre y a la vez el modo específico de su revelación y actuación respecto a la realidad del mal presente en el mundo que afecta al hombre y lo asedia, que se insinúa asimismo en su corazón y puede hacerle «perecer en la gehenna" (Mt 10,28).
«Para que todo el que crea, obtenga por Él la vida eterna»
Señor mío y Dios mío,
me guiaste por un largo camino oscuro, pedregoso y duro.
Mis fuerzas a menudo parecían querer abandonarme,
no esperaba ver la luz un día más.
Mi corazón se petrificaba en un sufrimiento profundo
cuando la claridad de una estrella se levantó sobre mis ojos.
Fiel, ella me guió y yo la seguí
primero con paso tímido, más seguro después.
Llegué por fin ante la puerta de la Iglesia.
Se abrió. Pedí entrar.
Tu bendición me acoge por boca de tu sacerdote.
En el interior las estrellas se suceden,
estrellas de flores rojas que me muestran el camino hasta ti...
Y tu bondad permite que me alumbren en mi camino hacia ti.
El misterio que debía guardar escondido en lo profundo de mi corazón,
en lo sucesivo puedo anunciarlo en voz alta:
¡Creo, confieso mi fe!
El sacerdote me conduce caminando hacia el altar,
inclino la frente,
el agua santa fluye sobre mi cabeza.
¿Señor, le es posible a alguien renacer
una vez andada la mitad de su vida? (Jn 3,4)
lo dijiste, y para mí ha se hecho realidad. El peso de las faltas y las penas de mi larga vida me dejaron.
¡De pie, recibí el manto blanco colocado sobre mis hombros,
símbolo luminoso de la pureza!
Llevé en la mano el cirio del que la llama anuncia
que en mí arde tu vida santa.
Mi corazón se ha convertido en el pesebre que espera tu presencia.
¡Por poco tiempo!
María, tu madre, que es también la mía, me dio su nombre.
A medianoche deposita en mi corazón a su niño recién nacido.
¡Oh! Ningún corazón humano puede concebir
lo que preparas a aquellos que te aman (1Co 2,9).
Me perteneces en lo sucesivo y nunca más te dejaré.
Dondequiera que pueda ir el camino de mi vida, estás Nada jamás podrá separarme de tu amor cerca de mí(Rm 8,39).
«El que ha nacido del Espíritu, es Espíritu»
Porque, como el mismo san Juan dice en otra parte: El que no renaciere en Espíritu santo, no podrá ver este reino de Dios (3,5) que es el estado de perfección. Y renacer en Espíritu santo en esta vida, es tener un alma semejante a Dios en pureza, sin tener en sí alguna mezcla de imperfección, y así se puede hacer pura transformación por participación de unión, aunque no esencialmente.Y para que se entienda mejor lo uno y lo otro, pongamos una comparación. Está el rayo de sol dando en una vidriera. Si la vidriera tiene algunos velos de manchas o nieblas, no la podrá esclarecer y transformar en su luz totalmente como si estuviera limpia de todas aquellas manchas y sencilla. Antes tanto menos la esclarecerá cuanto ella estuviere menos desnuda de aquellos velos y manchas, y tanto más cuanto más limpia estuviere. Y no quedará por el rayo, sino por ella; tanto, que, si ella estuviere limpia y pura del todo, de tal manera la transformará y esclarecerá el rayo, que parecerá el mismo rayo y dará la misma luz que el rayo. Aunque, a la verdad, la vidriera, aunque se parece al mismo rayo, tiene su naturaleza distinta del mismo rayo; más podemos decir que aquella vidriera es rayo o luz por participación.Y así, el alma es como esta vidriera, en la cual siempre está embistiendo, o por mejor decir, en ella está morando esta divina luz del ser de Dios por naturaleza, que habemos dicho.En dando lugar el alma, que es quitar de sí todo velo y mancha de criatura, lo cual consiste en tener la voluntad perfectamente unida con la de Dios, porque el amar es obrar en despojarse y desnudarse por Dios de todo lo que no es Dios, luego queda esclarecida y transformada en Dios.
«Hemos visto al Señor»
Escondidos en una casa, los apóstoles ven a Cristo; entra, con todas las puertas cerradas. Pero Tomás, ausente entonces, cierra sus oídos y quiere abrir sus ojos... Deja estallar su incredulidad, confiando así en que su deseo será concedido. "Mis dudas desaparecerán en cuanto lo vea, dice. Pondré mi dedo en las marcas de los clavos, y estrecharé al Señor al que tanto deseo.Que censure mi falta de fe, pero que me colme con su vista. Ahora soy descreído, pero después de verlo, creeré. Creeré cuando lo abrace y lo contemple. Quiero ver sus manos agujeradas, que han curado las manos maléficas de Adán. Quiero ver su costado, que cazó a la muerte del costado del hombre. Quiero ser testigo del Señor y el testimonio de otro no me basta. Lo que contáis exaspera mi impaciencia. La buena noticia que me dais, sólo aumenta mi turbación. No curaré este dolor, si no le toco con mis manos. "El Señor se vuelve a aparecer y disipa al mismo tiempo la tristeza y la duda de su discípulo. ¿Qué digo? No disipa su duda, colma su espera. Entra, con todas las puertas cerradas.
«Proclamad la buena noticia a toda la creación»
Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos... (Mt 28,18-19). Porque todo me ha sido devuelto por El que me engendró, el cielo y la tierra de los que ya era dueño antes de haber tomado carne. Ahora he tomado posesión de mi realeza sobre todo el universo, y en vosotros tengo un consejo de ministros sagrado, sólo yo que conozco el fondo de los corazones.»"Id a todas las naciones. Habiendo echado en tierra el grano del arrepentimiento, regadlo con vuestras enseñanzas". Escuchando estas palabras, los apóstoles se miraban unos otros meneando la cabeza: "¿De dónde nos vendrán las palabras y la lengua para hablar a todos? ¿Quién nos dará la fuerza para luchar con los pueblos y las naciones como nos lo has dicho, nosotros que no tenemos letras ni cultura, que somos humildes pescadores, el único que conoces el fondo de los corazones?""No se atormenten más vuestros corazones, que el Enemigo no turbe vuestro espíritu. No penséis más como niños... No quiero vencer por la fuerza, sino por la debilidad. No busco filósofos: escogí 'lo necio del mundo' (1Co 1,27), yo que sólo conozco el fondo de los corazones.»"Id, pues, a toda la creación. Regad con vuestras enseñanzas el grano de arrepentimiento que sembrasteis. Procurad que ningún alma arrepentida se quede fuera de vuestra red. Me complazco en aquellos que vuelven, como bien sabéis vosotros. ¡Oh, si el que me traicionó, hubiera vuelto después de haberme vendido! Borrando su pecado, lo habría reunido con vosotros, yo que sólo conozco el fondo de los corazones...»"Decid que soy Dios y que yo, el Indecible, tomé la condición de esclavo (Fl 2,7). Mostrad cómo hice mías las heridas de la carne... Fui enterrado porque había sido condenado, descendí al infierno porque soy el Señor..." Confortados por estas palabras, los apóstoles decían al Creador: "Tu eres el Dios que existía antes de los siglos, y no tendrás fin... Te proclamaremos como lo ordenaste. Estate con nosotros, sé nuestro defensor, tú que sólo conoces el fondo de los corazones".
«Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10)
La llamada de Pedro a ser pastor, que hemos oído en el Evangelio, viene después de la narración de una pesca abundante; después de una noche en la que echaron las redes sin éxito, los discípulos vieron en la orilla al Señor resucitado. Él les manda volver a pescar otra vez, y he aquí que la red se llena tanto que no tenían fuerzas para sacarla; había 153 peces grandes y, "aunque eran tantos, no se rompió la red" (Jn 21, 11).Este relato al final del camino terrenal de Jesús con sus discípulos, se corresponde con uno del principio: tampoco entonces los discípulos habían pescado nada durante toda la noche; también entonces Jesús invitó a Simón a remar mar adentro. Y Simón, que todavía no se llamaba Pedro, dio aquella admirable respuesta: "Maestro, por tu palabra echaré las redes". Se le confió entonces la misión: "No temas, desde ahora serás pescador de hombres" (Lc 5, 1.11).También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar a Dios a los hombres.
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