El destino El destino lo quiso así:
separarnos por un tiempo,
solo para que el alma aprendiera
a reconocerse en la distancia.
No digo adiós.
Digo gracias.
Gracias por cada beso que sigue ardiendo,
por cada caricia que el viento no ha borrado,
por cada abrazo que aún sostiene mis huesos.
Gracias por cada palabra de aliento,
por cada mensaje "los que llegaron"
y los que nunca podré responder del todo.
Quedaste clavado en mí
como la luz en la herida más bella.
Llenaste de amor mis días,
de compañía mis años,
y al irte, sin querer,
me dejaste una herencia infinita:
una familia hermosa,
amigos que aún juntan mis pedazos
y tratan de enseñarle a mi pecho
a latir sin tu sombra.
Te amo con el alma.
Te extraño con ese dolor que no se nombra,
ese que habita donde antes reías.
Te recuerdo con pasión, con razón,
con la locura quieta de quien sabe
que el amor no se pierde, solo se transforma.
Gracias por ser quien me mostró
que el amor cabe en todas sus formas,
en sus extensiones imposibles,
en sus misterios,
y hasta en sus errores.
Hoy te conviertes en mi satélite:
giras a mi alrededor sin tocarme,
y yo te sigo en la penumbra del cielo,
fiel como la marea a su luna ausente.
Hasta que el destino —ese viejo poeta—
decida volvernos a juntar.
Te amo con locura.
Y hoy soy apenas la mitad de lo que fui…
pero esa mitad está hecha de ti.