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10/05/2012 17:49
| Las Manos del Barro
¿Miramos con los mismos ojos que ellos? Ellos, los artistas, los creadores, los autores, separados de nosotros -pobres mortales- nada menos que por el tiempo... esa especie de inmortalidad en obras, en gestos, guiños, maravillas que nos convierten en cómplices.
Hay muchos testimonios sobre el acucioso hacer de las Manos Mexicanas consustanciadas con el pincel, el martillo, la rueca, la plancha del grabado. Crónicas de siempre y para siempre, insertas en el reconocimiento más amplio de un Nuevo Mundo fantasioso, desde Fray Bartolomé de las Casas: quien a la vez se conduele de la fragilidad de los indios y se fascina con su vigor artístico, fuerza creadora que él asimila a la creación divina. Desde Pedro Mártir de Anglería: "Ha vuelto desde las antípodas occidentales cierto Cristobal Colón... trayendo muestras de muchas cosas preciosas". Las naos que seguirían confiriendo a Europa asombros y grandezas tan diferentes a las de ellos, prodigios manuales... ¡esos penachos de plumas preciosas de Moctezuma! ¡Ese oro transfigurado para el goce visual en figurillas y mil adornos hermosos no predispuestos a la codicia!
Hasta Octavio Paz, El Laberinto de la Soledad, drama y trama y vericuetos del alma, las manos como gesticulación y expresión: hablar con las manos, decir-haciendo.
Un Descubrimiento que nunca acaba, un arte que maravilló a Durero antes de asombrar a Baudelaire (significativamente primero al artista manual que al poeta)... en el que se han reconocido temperamentos tan diversos como los surrealistas y el escultor inglés Henry Moore (precursor, reencarnador, impensable sin nuestros chac mools).
¿Interpretación, Poesía, Tránsito? Transmisión de la mente a las manos, de éstas al pensamiento recreador. "Un vasto panteón religioso regido por la metamorfosis: el universo es tiempo, el tiempo es movimiento, el movimiento es cambio". Al mexicano parece írsele el tiempo de las manos. Será porque lo siente como eternidad, la que plasma en telas, bordados, madera santoral, tierra y barro, piedra idólatra, artificios de cera, papel, fuego, TODO.
Miramos más que admiramos, por ese imprudente instinto crítico de darles a las cosas "un sentido". Indefensas -¿precavidas?- las obras acuden en nuestro auxilio: pinturas, esculturas, pirámides, artesanías, alardes de imaginación, huellas de dedos con misión. De repente el pasado nos asesta sorpresas. Ah, aquel día en que nos enteramos, por ganas ya de enterarnos, de que las estatuas griegas, sus templos, habían sido "de colores"... y aquel otro cuando supimos del sorprendente colorido primigenio de la geometría teotihuacana; o el tesoro evanescente de Bonampak en sagrada clausura. Cambia la zona iluminada de la realidad, cambiamos con la moda, con las ganas. Lo que queda, casi siempre merece permanecer.
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